Mañana inicia el mundial más extraño de la historia… Política, Codicia y Caos Antes del Primer Silbatazo
El Mundial 2026 no ha empezado y ya es un escándalo de proporciones épicas. Lo que debía ser una fiesta del fútbol se ha convertido en un ring geopolítico, una subasta para millonarios y un caos organizativo que deja a la FIFA en pañales. Una crónica de todo lo que está mal antes de que ruede el balón.
El mensaje del gobierno de Estados Unidos ha sido, en esencia, una invitación con trampa. "Los invitamos a mi casa para la fiesta, pero paguen todo ustedes, y cuando termine, ni se les ocurra quedarse", vino a decir el expresidente Donald Trump. El vicepresidente J.D. Vance fue incluso más lejos: advirtió que los visitantes de cerca de cien países son bienvenidos a celebrar, pero que cuando se acabe el tiempo tendrán que irse a casa. "Si no, tendrán que hablar con la secretaria Noem", dijo en su momento. El mensaje es claro: no se quedan ni un minuto más de lo debido. Así se recibe a los más de cinco millones de personas que se espera asistan al evento.
La situación de Irán es sangrante. El país está en guerra con el anfitrión, algo inédito en la historia del torneo: nunca una selección participante había estado en conflicto activo con el organizador. El resultado ha sido deplorable. Irán tuvo que trasladar su campamento base de Estados Unidos a Tijuana, México. Sus jugadores tendrán que cruzar la frontera solo para jugar sus partidos en Los Ángeles y Seattle, y regresarse de inmediato. La guinda la puso la FIFA, que le revocó las entradas a la federación iraní. Según denunciaron, no pudieron ofrecer ni una sola entrada a sus propios hinchas. Trump jugó con la idea de expulsarlos del torneo y, como no pudo, básicamente los echó del país.
La lista de tropelías migratorias es larga y bochornosa. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, considerado el mejor de África, iba a ser el primer somalí en arbitrar un Mundial. Llegó a Miami con su visa en regla y lo deportaron. La FIFA no movió un dedo y se lavó las manos diciendo que "no interviene en procesos migratorios". Senegal y Uzbekistán vieron cómo sus delegaciones eran sometidas a chequeos humillantes en plena pista del aeropuerto, con perros rastreadores y requisas agresivas. El goleador iraquí Aymen Hussein estuvo retenido siete horas en el aeropuerto de Chicago. El fotógrafo oficial de la selección iraquí fue deportado tras once horas de interrogatorio. Las selecciones de Senegal, Costa de Marfil, República Democrática del Congo, Haití e Irán tienen vetada la entrada a sus aficionados. Piara Powar, director de Fare Network, socio de la FIFA contra la discriminación, sentenció: "Uno tiene que preguntarse quién está dirigiendo el Mundial. ¿Es la FIFA o es el gobierno de Estados Unidos con sus políticas migratorias cargadas de racismo?"
Aquí es donde la FIFA muestra la patita. El negocio de las entradas ha sido obsceno. La entrada más barata cuesta doscientos euros, el doble que en Catar. La más cara en reventa oficial alcanzó los 690.000 dólares para la final. Y la entrada para la zona de discapacitados en la final costó 10.350 dólares. Los ingresos por entradas pasaron de 850 millones en Catar a 3.000 millones estimados en este Mundial. Lo más turbio es que la FIFA opera su propia plataforma de reventa y se lleva el treinta por ciento de cada transacción. Es decir, crean la escasez, inflan los precios y encima cobran comisión. Un negocio redondo para ellos, un robo para el aficionado. Las autoridades de Nueva Jersey y Nueva York ya investigan a la FIFA por prácticas de venta abusivas y falta de transparencia.
La organización también cojea en Canadá. Un viaje en tren de Nueva York al estadio MetLife pasó de costar trece dólares a 150, y tras protestas lo bajaron a 98. Pero el problema más llamativo fue el de Japón. La selección japonesa llegó a Monterrey, México, para entrenar y los campos estaban en pésimas condiciones. La delegación se indignó tanto que consideró irse de la ciudad. Tuvieron que intervenir los Rayados de Monterrey para prestarles sus instalaciones. No es un escándalo geopolítico, pero es el reflejo de una organización chapucera: una selección mundialista no puede estar preocupada por lesionarse en un campo de entrenamiento. Japón arrastra además la polémica por la convocatoria de Kaishu Sano, un jugador que fue arrestado en 2024 por una denuncia de agresión sexual, aunque el caso se cerró con acuerdo. Y para rematar, sus camisetas tienen un error de diseño: el parche del Mundial rompe las rayas de la manga, y los aficionados están furiosos. Una tontería, quizá, pero el símbolo de que ni los detalles más pequeños se han hecho bien.
Lo más paradójico es que, después de tanta prepotencia migratoria, la gente no está yendo. La Asociación Hotelera de Estados Unidos reporta que ocho de cada diez hoteles tienen reservas por debajo de lo esperado. Culpan a las políticas de visado y a la tensión geopolítica. En Nueva York, el sesenta por ciento de los hoteleros señaló las barreras a viajeros internacionales como causa de la baja demanda. En Kansas City, el noventa por ciento es pesimista. La FIFA reservó miles de habitaciones esperando una demanda masiva y no llegó. El exceso de oferta y la falta de demanda son evidentes. Los aficionados se lo pensaron dos veces antes de meterse en este berenjenal.
El fondo del asunto es que la FIFA está vendida y el planeta está en llamas. El portal alemán DW lo resume perfecto en un artículo titulado "So much is wrong with the 2026 World Cup". Esto es lo que está mal. Primero, la FIFA viola su propia neutralidad política. Su presidente, Gianni Infantino, le dio a Trump el "Premio de la Paz de la FIFA" y se sentó con él luciendo una gorra de MAGA. Mientras tanto, hay una guerra, deportaciones masivas y políticas racistas. Segundo, el cambio climático se la suda. El Mundial generará más de nueve millones de toneladas de CO2 por los viajes en avión entre sedes. Es el más contaminante de la historia. Tercero, la ampliación a 48 equipos diluye el deporte. Es una decisión política para contentar a federaciones pequeñas que le dan votos a Infantino. La calidad del fútbol va a bajar, pero a la FIFA le importa el poder, no el espectáculo.
Un Mundial es cuando los países se unen, las fronteras se abren y el fútbol es el protagonista. Esto es todo lo contrario. Es un espectáculo donde la política migratoria decide quién puede ver a su selección, donde los árbitros son deportados al llegar, donde las entradas cuestan lo que un coche, donde los jugadores son interrogados como criminales, donde las selecciones entrenan en campos de mierda y donde la FIFA se lava las manos mientras cobra comisiones del treinta por ciento. Tiene razón el lector que nos escribió: es una estafa, y la FIFA está muy mal de la cabeza.
Pero bueno, mañana empieza el circo. Supuestamente. Con estadios medio vacíos, hinchas que no pueden entrar, selecciones que viajan desde México para jugar en Estados Unidos, un calor insoportable y un presidente que los recibió con un "vengan, gasten y larguense". Qué bonito es el fútbol, ¿no?